viernes, 2 de junio de 2017

Juan Cruz

por Ricardo San Martín

Y aquel soldado que parecía señalar el cielo
Cuando en 1949 Juan Cruz nació no sabía en qué grado tan profundo el nombre que sus padres le pusieron iba a marcar su vida.

Vivían sus progenitores cerca de la Cruz de Villena, a la salida del pueblo. Era entonces Alcalá una ciudad que aún temblaba estremecida por el impacto emocional de tres años de guerra. Una década no era tiempo suficiente para borrar las vivencias de un enfrentamiento fratricida.

Sin embargo, en su casa no se hablaba de eso. La preocupación cotidiana era salir adelante, ganar el sustento para él, sus dos hermanas y el matrimonio. Martín, su padre, trabajaba en el campo, y su madre, Mercedes, cosía para los vecinos del barrio: desde Consolación hasta el Pireo.

Recuerda ahora Juan Cruz sus años de infancia a mediados de los cinquenta. Los juegos infantiles, dejándose caer veloces con sus coches hechos con maderas y rodamientos de desecho por la pendiente de la calle Real. Los gritos de sus  amigos escondidos en el Toril: "Tres navíos en el mar" y la respuesta de los buscadores: "otros tres en busca van. Piola, más conocido como Churro, mango, mediomango y mangotero, juego viril, casi bruto; pincho o hinque; o los partidos de futbol en el Juego Pelota. Las batallas de bolas de nieve con los chicos de otros barrios. Está aún vivo el recuerdo de aquellos días a las órdenes de don Jacinto, el cura de Consolación, como monaguillo, ayudando en las misas y llevando una pesada cruz al frente de los entierros.

La muerte era algo ajeno y lejano entonces: "Dios todo lo ve", le recordaba don Jacinto. Cómo no creerlo cuando él, monago travieso, un día en la sacristía se bebía a escondidas el vino dulce que habría de servir para la Consagración. Al oír pasos en la iglesia, apresurado escondió las pruebas de su delito y rápido se incorporó del banco donde estaba sentado. En su premura se golpeó la cabeza con un crucificado que se guardaba en la sacristía. Casi perdió el sentido por el dolor. Don Jacinto le levantó del suelo y le curó la herida mientras le recordaba: “Juan Cruz, Dios todo lo ve”.

Cruz era parte de su nombre y la cruz estaba presente en todos los momentos de su vida. Recuerda ahora sus años de escuela en las aulas de la SAFA. Los juegos por el parque de los Álamos y la Cruz de los Caídos, tras la que se escondían y aquel soldado que parecía señalar el cielo. También los jardines de la SAFA tenían su cruz. A ella se subieron un día Tomás y él: era un reto para ambos. No lo debió entender así don Marcial, su maestro, que les pilló en lo alto de la misma: "¡Irreverentes! ¡Apóstatas!", les gritó el docente. La osadía les salió cara: castigo en la escuela y regañina en el hogar familiar.

Con dieciseis años la testosterona parecía fluir por todo su cuerpo. Estaba allí la juventud y el descubrimiento del sexo. Durante sus años de estudio en el COPEM, en las dependencias del Palacio Abacial, en las clases de bachillerato, conoció a Soledad, que vivía en la calle Veracruz. Allí iba Juan Cruz a esperarla, a proponerle escapadas por los rincones de Alcalá buscando la soledad con Soledad, para, juntos, descubrir el ímpetu del sexo. Tocar sus pequeños senos era levantar pasiones. Ir subiendo la mano por las piernas de Soledad era alcanzar el éxtasis. Fueron tiempos para ambos de aprender matemáticas, lengua, geografía... y la gran asignatura de la vida: la pasión de juventud.

Luego vino la reválida y Granada. Soledad estudió magisterio y él se decidió por economía, y de igual modo sus vidas siguieron rumbos diferentes.

Fue durante aquellos días luminosos de mayo, en las fiestas de las Cruces cuando la conoció: una granadina llena de gracia, pero algo chirrió en su mente cuando ella se presentó: "me llamo Mari Cruz, estudio medicina". Él pensó que llamarse Juan Cruz era una cosa, pero salir con Mari Cruz era ya mucha aliteración en su vida. Y mira que le gustaba la muchacha: su carácter y su físico. El colmo fue cuando le dijo que vivía en la plaza de San Juan de la Cruz. Sólo le faltaba que acabasen en matrimonio y tener que oír las coñas de la gente: "su matrimonio es una cruz".

Optó por Lucía, una frailera que regentaba una mercería en el Llanillo. Tuvieron un noviazgo convencional. No terminaba Juan Cruz a sentirse atraído por aquella muchacha tímida y de escueta conversación. Y sin embargo, se casaron. Vivían en el barrio de las Cruces porque allí encontraron una casa arregladita de precio.

Hacía años que había acabado Juan Cruz la carrera y llevaba la contabilidad de la cooperativa de aceites Cruz de Guía. Un trabajo rutinario y un matrimonio sin alicientes. Fue en la historia de Alcalá donde el contable encontró su pasión: la lectura de documentos referentes a la frontera. Fue así como supo del corregidor Bartolomé de Santa Cruz, venido a Alcalá por orden de los Reyes Católicos para controlar las cuentas del cabildo y a una oligarquía levantisca y rebelde. Y pudo leer en letra gótica el final de aquel oficial real: Santa Cruz recibió varias cuchilladas mortales mientras cabalgaba una mula en la plaza alta de la Mota, muy posiblemente pagadas por mano oculta, aquel lejano 27 de mayo de 1492.

Esa era su pasión: la historia de Alcalá, algo que llenase sus días de monótono matrimonio. Eso y las inversiones. Juan Cruz sabía de historia y sabía de economía. Una labor callada le llevó a almacenar un notable capital. En la almazara no notaron las cuentas trucadas, ni sospecharon cuando el economista e historiador compró el cortijo y tierras de la Cruz de la Jurada. Pero al final el desfalco quedó al descubierto. Detención, juicio y condena. Cinco años. Desde su celda en el penal de Albolote, Juan Cruz medita lo que ha sido su vida.

Lucía no le abandonó, la frailera sigue profundamente enamorada de su marido. Se limita a cantarle esa sevillana de pasión cuando le mira a los ojos durante las visitas en la cárcel:
Como en la madrugada
va el Gran Poder,
voy con la cruz pesada
de tu querer.

Eres mi cruz,
eres mi cruz,
llevo tu amor a cuestas,
como Jesús
.

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